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BATALLA O CONFRONTACIÓN CULTURAL

19/09/2018

La lucha por imponer una hegemonía cultural, es una decisión política que debe estar manifiesta en cada militante del campo nacional y popular y en la integridad del mismo.

Por Eduardo Silveyra

La colonización cultural comenzó con la llegada del primer español que piso el suelo de los territorios del Río de la Plata, con el consiguiente genocidio llevado adelante en la conquista de los territorios pertenecientes a los pueblos originarios. Con la derrota de los proyectos de liberación de San Martín, Belgrano, Artigas y sin dejar de lado el proyecto de los jesuitas -quienes establecen en sus misiones una relación revolucionaria en lo  cultural con los guaraníes- la nueva oligarquía nacida a partir de la independencia de España, pero no del poder económico real, dominado por el imperio británico, continuó la tarea exterminadora. Si en tiempos de la colonia esa imposición se realizó con la premisa de cristianizar al salvaje, la oligarquía la hizo con otra no muy diferente en sus fines y la redujo a la máxima sarmientina de Civilización o Barbarie, que no abarcaba solo al exterminio de originarios, sino de criollos estigmatizados por improductivos, como el gaucho, un sujeto inservible para el empleo en el nuevo capitalismo estrenado con la incipiente revolución industrial.

Las clases dominantes establecieron a sangre y fuego una hegemonía cultural, impartida desde todo lo instituyente, como lo es la educación para crear seres obedientes y capacitados para el trabajo en las industrias fabriles. Un cuota pequeña de la escolarización, necesaria para el manejo de maquinarias y no más que eso. Las culturas indígenas acendradas en la tierra, no eran propicias esos fines de producción, superproducción y consumo, creados por el capitalismo. El exterminio siempre es la solución final y si algunos sobreviven, deben ser ocultados, censurados y prohibidas sus lenguas nativas.

Con la irrupción de nuevas masas de inmigrantes europeos, llegados durante el final del siglo IXX y finales del XX, producto de las guerras y enfrentamientos entre las potencias europeas; el nuevo sujeto a avasallar, sería “el negro” o “el cabeza”, criollos expulsos de sus territorios y comunidades, cuyas chacras o parcelas, pasaban a engrosar los latifundios de la clase oligárquica. Esa práctica expulsiva generó la villa miseria y el asentamiento precario en las ciudades ricas y estructuró la pobreza como un elemento estratégico de  dominación económica.

 Cuando hablamos de los proyectos de liberación llevados adelante por jesuitas, San Martín, Artigas y Belgrano, podemos ver en todos ellos, la presencia indígena. El respeto por sus culturas e integración desde las mismas, es parte sustancial de las políticas a implementarse. Las practicas y premisas del “Buen Vivir” tienen una fuerte impronta de las culturas originarias, no solo en aquello que atañe al respeto a la Madre Tierra, sino también al consumo de lo necesario. Rodolfo Kusch enseñaba que en un pueblo no era bueno un criadero de 100.000 gallinas, sino 1000 gallineros con 100 gallinas. Una práctica económica expuesta en la distribución equitativa del trabajo.

Hoy, en pleno siglo XXI, la colonización cultural no necesita de ejércitos armados, salvo en casos extremos y determinados por las grandes corporaciones, en cuanto a la apropiación de territorios, para el desarrollo de sus políticas económicas extractivitas, sustentada en algunos casos en la agricultura industrial. Esas expulsiones llevan implícitas una destrucción cultural que agoniza en los pasillos de las villas miserias, porque se trata de campesinos y pequeños productores, expulsos de lugares donde se instalan los núcleos sojeros, tanto en territorio argentino o paraguayo.

Una de las tantas confrontaciones culturales a librar, para crear una verdadera hegemonía cultural, nacional y popular, debe tener en cuenta a las culturas de los pueblos originarios de nuestro territorio, donde las construcciones políticas colectivas estaban en la génesis con las cuales  construían sus sociedades, relaciones humanas y religiosas.

Se puede señalar que la criminalización y estigmatización a sectores políticos y sociales, es parte también de un ataque cultural encubierto, hay otro más manifiesto y que atañe a la desculturización llevada adelante por los medios de comunicación del poder hegemónico. La Patria es el otro, como premisa movilizadora y creadora de una hegemonía cultural, suena lindo en los oídos, porque huele a utopía, pero lo utópico se torna verdaderamente irrealizable, porque solo sirve para caminar y se transforma siempre en una proyección.

En ese sentido, el campo nacional y popular debe crear herramientas reales y concretas, para la concreción de una hegemonía política y cultural, que nos permita romper con la dominación instaurada por el neoliberalismo y sus entronizaciones individuales y deterministas. La cultura política debe estar impregnada por el concepto del “mandar obedeciendo” que es lo opuesto al “mandar mandando” que nos impone como filosofía salvaje el neo liberalismo.

 

 

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