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COMUNICAR EN TIEMPOS DE SOBRECOMUNICACIÓN

09/08/2016

La táctica de comunicar mal y la estrategia vandorista del avance de la derecha conservadora.

Hace un par de meses viendo un programa en el prime time de América TV que se jacta de un falaz pluralismo, me crucé a un protoeconomista de apellido Boggiano de explícitas simpatías con el oficialismo gobernante. Es el hijo de un ex supremo de la mayoría automática menemista y supernumerario del Opus Dei que posibilitó que el actual presidente y su padre no vayan presos por las causas del contrabando de autopartes, lo cual le costó el juicio político hace más de diez años. El joven en cuestión decía algo así como "Cambiemos tiene un plan para resolver la inflación y vencer la crisis, el problema es que no sabe comunicarlo".

Por Gustavo Pertiné

Desde entonces, el sambenito “se comunica mal” se hizo visible en diversas manifestaciones de funcionario de primera línea. Similares errores de comunicación gubernamental se divisaron cuando el ministro de Agroindustria dijo que los argentinos "se acostumbraron a comer bien y barato" para justificar la quita de retenciones a las exportaciones agropecuarias. También cuando ante los despidos en el ámbito público y privado el propio presidente sustituyó el derecho al trabajo consagrado en la Constitución Nacional a una cuestión de “suerte”. O cuando para justificar el aumento brutal en las tarifas de los servicios básicos –sin audiencias que determinaran cuánto era el correcto incremento-, el ministro de Economía alegara que "en plata no es tanto". Ni que decir cuando el ministro de Energía, quien aún es tenedor de acciones en la petrolera en la que fungió como presidente durante más de una década, relativizó el súbito incremento en los combustibles a que "si no le alcanza, no cargue" como si ese aumento no se trasladara a los precios de los productos de la canasta básica. El último botón de muestra fue de la autoría de un economista de explícita simpatía con el proyecto de país que se viene desarrollando desde el 10 de diciembre del año pasado: “No es normal que un empleado de clase media tenga celulares, plasmas, viajes y autos"
Esa expresión voluntarista me trajo a la memoria muchos de los ardides holgazanes que había escuchado hace ya ocho años de parte de legisladores del FpV, con muchos de los cuales uno tiene una simpatía más que particular: "La pelea (política, simbólica, cultural y, en fin de cuentas lo que más les jodía, económica) contra ´el campo´ la perdimos por un problema de comunicación". Creo que estos muchachos siguen repitiendo el errático discurso de los años kirchneristas en cuanto a que cada derrota política (125, 2009, 22N) se debió a que no se comunicó bien o, mejor dicho, se restringió exclusivamente a eso. Se desconocía así escenarios coyunturales, correlación de fuerzas en pugna, contexto regional e internacional, la dinámica del reflujo de los términos del intercambio a partir de 2012, con la baja del precio de los commodities incluso el tan mentado (?) "clima social". Bajo mi condición de licenciado en Comunicación Social, debo sincerar que se suele sobrevalorar el rol que juega el modo de comunicar en medio de la correlación de fuerzas que juegan en el seno de una sociedad y del modelo de país que se pretende proyectar.

Hace poco, Guillermo Mastrini, un respetadísimo académico especialista en comunicación, se propuso contarle las costillas a esta idea que la madre de todas las batallas es la comunicacional: “El problema no es la inflación, el ajustazo en las tarifas, los despidos, los Panamá Papers. El problema es que se comunica mal. ¿Comunicar bien sería hacer creer que lo primero está bueno? ¿o que no es tan malo? Hace tiempo que los que nos dedicamos a la comunicación sabemos que el problema no es "sólo" comunicar bien.” Nadie podría levantar el dedo acusatorio sobre Mastrini y recusarlo de kirchnerista. Incluso ha sido un agudo crítico al modo en que se aplicó la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual a partir de sanción en 2009.

Reflexionando acerca de los errores enunciativos en el discurso de Cambiemos –reconociendo que probablemente haya sido la fuerza política que más empeño, recursos económicos y humanos puso en desarrollar un modelo de comunicación política, cabría preguntarse si no habrá algún "fetichismo" comunicacional en todo esto? Se pretende que la pura simbología haga el trabajo que corresponde a la gestión política.

 

La estrategia de golpear para después negociar

 

Durante la administración anterior, el Congreso de la Nación sancionó la reforma de la ley 26.521 que despenalizaba los delitos de calumnias e injurias cuando se refería a expresiones de interés público. Bajo iniciativa del CELS y cumpliendo así con un compromiso que los anteriores gobiernos democráticos habían deshonrado por diez años con la CIDH, el proyecto legislativo que se aprobó en la noche del miércoles 18 de noviembre de 2009, se hizo conocida como "Ley Kimel", en reconocimiento a la infatigable lucha que llevó a cabo por años el periodista Eduardo Kimel quien, triste paradoja mediante, murió inesperadamente menos de seis meses después. Kimel fue el autor a principios de los noventa del libro que documentaba la masacre de los curas Palotinos acaecida el 4 de julio de 1976. En ese libro, Kimel cuestionaba la actuación de distintas autoridades judiciales, comenzando por el juez de instrucción Guillermo Rivarola por haber obstaculizado la investigación. La respuesta del magistrado fue denunciarlo penalmente al periodista y que un juez de primera instancia en 1999 lo sancionase con un año de prisión en cumplimiento efectivo y una multa punitoria de 20.000 pesos (dólares). Como para que la vergüenza no tenga margen, tras una primera revocación de la condena, en 1999 la Sala IV de la Cámara de Apelaciones ratificó la condena contra Kimel por "el delito de opinión". Este notable acto reivindicatorio sancionado durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner rara vez fue reconocido por la corporación mediática y, aún más extraño, por buena parte de los simpatizantes kirchneristas. Se deberá exceptuar a las editoriales dominicales de Horacio Verbitsky que durante años fatigó columnas reclamando la derogación del delito de calumnias. Precisamente, El Perro fue uno de los periodistas que más querellas soportó durante el menemismo incluso por citar una declaración de Lorenzo Mariano Miguel en cuanto a la actuación llamémosle gentilmente de "poco hombre" que tuvo el ex presidente Carlos Menem durante su detención en el Buque 33 Orientales. Incluso, si bien Verbitsky celebró la sanción dijo que se debería también despenalizar económicamente los delitos de calumnias e injurias. La ley 26.521 permanentemente ingresa en choques ríspidos con el delito de "real malice" en cuanto a la difusión de una información falaz que puede ofender por ejemplo a un funcionario en su ejercicio público. Con el art. 85 que está presente en el nuevo proyecto de ley de blanqueo de dólares que fueron fugados a paraísos fiscales y sustraídos del pago de impuestos, tanto dentro como fuera del país (lo que se suele llamar bajo el eufemismo de formación de activos en exterior) se instiga a blindar mediáticamente a aquellos evasores que pretenden un retorno sin rencores luego del armisticio gubernamental. En el artículo susodicho, se prevé sanciones de prisión de hasta dos años a periodistas que difundan los datos personales de los amnistiados incluso pueden ser sancionados económicamente por el mismo importe de dinero que regresa al país.

De este modo, el violento oficio de escribir verdades -aún cuando la información sea constatada- tendría un escarmiento penal y civil mucho más pesado que quien difama. 

No se necesita pecar de escéptico para comprender que desde la administración nacional saben que un proyecto con tamañas zonas grises es improbable que se apruebe en un Congreso que, al menos en teoría, le es hostil. Frente a un discurso hegemónico que pretende encerrar al kirchnerismo en una posición de absoluta intransigencia –desconociendo que buena parte de las leyes que se votaron en los anteriores doce años contaron con el apoyo de mayorías contingentes que excedían las bancas que poseía el FpV- la vieja estrategia vandorista es la que prevalece: mandar un proyecto inconcebible a consecuencia después de sentarse a negociar y demostrar la supuesta capacidad de reconocer errores y rectificarse. Golpear para inmediatamente después negociar.

Como ha sucedido con el “sinceramiento tarifario”, donde se aumentaron las tarifas hasta un 800 % para después poner topes, allí se presenta la estrategia más efectiva que ha tenido el gobierno de Cambiemos desde que asumió y que parece que aún no ha tenido un antídoto que lo neutralice desde el campo popular del que nos sentimos parte.

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