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CULTURA

CRÓNICAS DE AYER, DE HOY Y DE SIEMPRE

03/10/2016

SEPTIMO ARTE

Por Graciela Vazquez

Tarde de domingo, frío y lluvioso. Cine calle Corrientes. Muy poca gente.. unas 10 personas en la sala. Habría que haber imaginado que la cosa no iba a ser fácil cuando, al aparecer el título de la película a grandes letras en el centro de la pantalla, se escuchó la voz de una mujer que explicaba: "ahí dice Julieta"...Eso fue sólo el comienzo. No se trataba de dos señoras mayores, como yo sospechaba, sino de una señora con su hijo adolescente discapacitado. Esa comprobación me retuvo en la butaca sin intentar nada,ni pedirles que hicieran silencio... ni mudarme de asiento.... Nada. 
Para mi sorpresa, la señora había comprado no uno sino dos (DOS!) enormes baldes del más crujiente pochoclo (para tener en cuenta: si buscan pochoclo recien hecho, calentito y crujiente, vayan al cine Premier). Siguiendo con el relato, los baldes de pochoclo eran tan pero tan grandes que, a pesar de la gran velocidad a la que metían sus manos en ellos revolviendo ruidosamente su interior con sus dedos y las sacaban repletas de granos explotados que consumían con voracidad y masticaban con gran ruido propio de la crujientez del pochoclo de buena calidad pero también de la forma de masticar, con la boca abierta y haciendo chasquidos de lengua y paladar...
Cuando pareció que el pochoclo se había acabado, de pronto se oyó un fuerte ¡¡¡pshhhhh!!!. El chico había destapado una gaseosa que también consumió vorazmente.
Y, finalmente, llegó el silencio. Justo a la par de las más desgarradoras escenas. El sufrimiento de Julieta nos tenía a todos mudos y casi sin aliento cuando lo peor sucedió ¿¿¿Por cuánto tiempo puede un cuerpito adolescente retener en su interior tanto maiz inflado mezclado con dulce gaseosa??? Poco, sépanlo. En medio del profundo silencio generado por la trama de la película que nos arrastraba de las narices a su punto de tensión suprema, el chico abrió su boca y emitió un eructo de tal magnitud que el techo y las paredes del cine parecieron estremecerse. 
Todos permanecimos en el más absoluto silencio. Actitud que nos honra. Debo decirlo.
Unos minutos después, ya casi olvidados del asunto, se escuchó a la madre dirigiéndose al chico: "¿Querés papas fritas o chocolate?"
cuando, al rato, el chico anunció que quería "ir al baño", y como respuesta la madre pronunció un frío "aguantá", temí que se acercaba una catástrofe. 
Afortunadamente, la película ya llegaba a su fin y las lágrimas me nublaban la vista y el pensamiento.
Para cuando me recuperé, la sala ya estaba vacía.
Sólo después de un buen rato volvió a mi mente el suceso que acabo de contar y, en medio de tanta emoción, sólo me generó una banal reflexión que no voy a escribir para evitar el riesgo de ser malinterpretada.

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