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CRISTINA CUMPLE

22/02/2019

Martes 19 de febrero. Fue el cumpleaños de Cristina Fernández de Kirchner.  Los saludos en las redes se multiplicaron  y se volvieron trending topic. ¿Qué razones hay para esto? ¿Qué es lo que motiva semejante reconocimiento, cosa no habitual en la figura de un político? En las siguientes  líneas un esbozo de respuesta a esas preguntas.

 

Por C.F.Mas

Martes 19 de febrero. Fue el cumpleaños de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner.  Los saludos en las redes se multiplicaron  y se volvieron trending topic. Cristina cumple. Cristina sí cumple. El enunciado tiene un contraste básico que otorga sentido a su existencia: el #MacriNoCumple de pocos días atrás.

A quien escribe le gustaría evitar el tratamiento de una cara antagónica. Le gustaría para detenerse en las aristas, en el examen técnico, en la pretendida distancia del observador impoluto. Sin embargo, hay una urgencia de lo real que lo hace atender a lo inmediato, a lo más vivo de la experiencia de quien habita estos territorios. Son dos proyectos políticos distintos, son realidades diferentes que hacen mella en la economía del hombre común y que se dejan ver en su ánimo y su discurso diario.

Cristina cumple. Cristina sí cumple. ¿Por qué de un lado el afecto sincero y del otro el repudio y la impostura (ver la entrevista a Macri  hecha por A. Rozitchner)? Podríamos ensayar una respuesta personalista. De un lado un ethos que interpela y una figura que sabe construirse a sí misma a partir de la presencia del otro. Resultado, tal vez, de las décadas previas de militancia, donde se hace necesaria la calidez inmediata de lo humano. Del otro lado el significante vacío, la frase que de tanto repetirse sin empatía se vuelve aséptica.  Es el lenguaje administrativo de las empresas, donde quien interpela es la figura del poder sin rostro, del que habla como quien ejerce desde la distancia de su cargo. Es el resultado de toda una vida vivida en esos círculos cerrados donde el privilegio busca resguardarse.

Pero mejor ensayemos una respuesta desde lo político. Cristina cumple. Macri no. Cristina cumplió desde que estuvo al frente de un Estado que volvió a ser para los intereses del ciudadano. Macri no cumple desde que le fue necesario mentir para convertir el aparato estatal en garantía de lo privado.

Cristina cumple desde que sus políticas son la continuidad de ese sueño que propuso Néstor Kirchner en su discurso de asunción, desde que el Estado dejó de ser una entidad jurídica inaccesible para volver a las manos de quienes, en última instancia, le dan legitimidad.

Digámoslo de una vez: las restituciones han sido en el plano de lo material, pero también en el de lo simbólico.

Para el primero (que también incluye lo segundo) basta con la enumeración de algunos logros concretos: Asignación Universal por Hijo , reestatización del sistema previsional, reactivación de la industria nacional y creación de millones de puestos de trabajo, reducción del índice de pobreza a un 5,7%,  Ley de Paritarias, cancelación de la deuda con el Fondo Monetario, creación del Régimen Especial de Contrato de Trabajo de Casas Particulares, programa Conectar Igualdad, Ley de Fertilización Asistida, expropiación de Repsol – YPF, creación de universidades nacionales, Ley de Moratoria Previsional. Y se podría seguir.

Para el segundo podrían mencionarse las políticas de Derechos Humanos, la Ley de Identidad de Género, la repatriación de miles de científicos, la construcción del ARSAT 1 y 2, la Ley de Medios. Pero detengámonos para hacer hincapié en un aspecto general que engloba ambos planos: aquí, por empezar, deberá disculpar al autor de estas líneas, pues él recurrirá al testimonio personal. Este se reconoce como un hijo de la 125. Antes de eso el escepticismo y la militancia en la izquierda. Con la 125 (como luego con la Ley de Medios) vino el reconocimiento a un gobierno que por primera vez se enfrentaba a un poder fáctico, un  poder vigente, hegemónico, que manipuló siempre desde las sombras de lo político. Por primera vez  la observación clara de que el poder político no es sinónimo de poder total, y que de ninguna manera funciona como representante del poder económico (como sostiene el prejuicio y la chicana de buena parte de la izquierda).  Vio cómo se avanzaba, como nunca antes desde el primer peronismo (mal que le pesara, por estético, en su momento) contra el abuso de los poderes concentrados y tradicionales. Y pensó: “es por acá”.

Desde lo simbólico el kirchnerismo devolvió al hombre común la política. Se la hizo sentir propia, lo llevó a involucrarse, a debatir, a portar en la voz y en el cuerpo distintas formas, más o menos intensas, de ejercer la militancia. Y no lo hizo en provecho propio (pues con el kirchnerismo pasa como con esa frase que dice que en este país son todos peronistas, hasta los antiperonistas). Lo hizo, más bien, como quien otorga un derecho más.

Alguna vez La Nación marcó como un hecho terrible que los Kirchner e intelectuales afines tomaran conceptos del filósofo jurídico alemán Carl Schmitt. Titulaban con exagerada sutileza: “Carl Schmitt, el pensador nazi que inspira a los Kirchner”.

Es cierto. Las teorías de Schmitt terminaron inspirando al régimen nazi, y este, inicialmente, fue un miembro del Partido. De hecho fue funcionario hasta que las SS comenzaron a perseguirlo. Pero el diario de sangre patricia ignora de modo deliberado una buena parte de su pensamiento. Schmitt, a principios del s. XX, era un gran crítico de las democracias liberales parlamentarias. De ahí que en las últimas décadas muchos pensadores alineados a la izquierda retomaran y ampliaran muchos de sus conceptos.

Para Schmitt existía una oposición entre liberalismo y democracia. Los debates parlamentarios significaban, más bien, negociaciones internas que excluían la voluntad del pueblo. De ahí que se procediera a una “despolitización” de la vida pública, y con esto  la construcción del prototípico sujeto liberal: el individuo que vela por su interés particular, ajeno a toda noción de lo colectivo. El parlamento, incluso, eludía el debate franco, ya que quienes discutían en él sopesaban sus puntos de vista conforme a una posición de partido y en nombre de una multitud de intereses. De la única manera que este sistema llegaba a ofrecer participación a lo público era como receptor de la noticia de que se tomó tal o cuál medida.  Desde ese punto de vista es imposible la idea de parlamento como representación.

El Estado liberal, según Schmitt, opera como una institución despolitizada que sólo busca garantizar los intereses individuales. Su administración se limita a lo jurídico y lo hace en defensa de las libertades burguesas. Según Schmitt, esa noción de Estado poco tiene que ver con la democracia en tanto que esta, al ser esencialmente política, tiene que ser anti liberal.

El discurso liberal, como bien hemos visto en el ámbito local, construye sobre la política una mitología negativa: la vuelve mala palabra, un círculo hermético destinado a la justificación de lo ilícito (“todos roban”), un ámbito privado e improductivo, ajeno a todo interés común. En el plano personal deshumaniza la figura del hombre político volviéndolo un ente gris o un demonio engañador.

El discurso liberal, enunciado ahora por hombres con más trayectoria en el campo empresarial que en el político, busca apartar lo político de la gente como quien previene un mal. Reserva para ella promesas individuales con significantes vacíos y refritos new age.Sin embargo, son ellos mismos empresarios devenidos políticos . Buscan flexibilizar su imagen a fuerza de imposturas, pero son ellos mismos quienes tienen en su dominio la responsabilidad de lo público.

Hay que echar por tierra un mito, por si alguno se distrajo: ningún liberal abomina la política. Al contrario, la reconoce, la valoriza, pero la quiere para sí. La quiere como quien detenta algo que se le priva a un otro y lo convierte en capital.

Por eso mismo, la vuelta del debate político a la escena de lo cotidiano tuvo, luego de décadas de escepticismo y relativismo post muro berlinés, el aire de una restitución. Se la expropiaba al dominio exclusivo del figurón político para hacer correr sus temas  en un espacio tan horizontal como la conversación, digamos, casual.

Parte, también, de la épica. Si volvemos a Schmitt y a su distinción entre amigo/enemigo en la delimitación del campo político, notamos que en el discurso kirchnerista existió, claramente, un ellos y un nosotros (la famosa “grieta” que acuñó Lanata), pero esta división no es invento del kirchnerismo. Se trata de una existencia histórica de desigualdades, de un “lo dado” todavía muy vivo y confiado en su omnipotencia, y ante lo cual prácticamente ningún gobierno hizo algo para achicar sus diferencias simbólicas y materiales. Como se dijo alguna vez: “el peronismo no existe por nosotros, existe por ustedes”.

La épica, desde lo antiguos, requiere la figura de un héroe que sacrifica su propia vida ante un contexto que le es por completo adverso, con presencia de rivales que son inconmensurables. Cristina debió lidiar con Clarín y también con el campo, presencias nunca combatidas sin resultados políticos terminales.  Y las preguntas que me surgen ante esto son: ¿se puede en política construir un relato épico fuera de la ética? ¿Se puede ser ético sin el desarrollo de  la acción?

Cristina cumplió y, rara avis, se llenó del afecto de millones. No fue magia, como dicen. No fue casualidad. Devolvió al Estado su función política y llevó a cabo esta misma conforme a los intereses de una comunidad.  No redujo el Estado a una  noción estrictamente técnica. No puso lo frío del cálculo por encima de la vida de los hombres y las mujeres. Con ella el Estado dejó de ser un fin en sí mismo para ser, más bien, un ser para  la vida digna del pueblo como cuerpo social.

Por el momento, quien escribe estas líneas, no conoce de ejercicio político más democrático que ese.

Por último: pocas simpatías propias hacia frases del tipo “el amor vence al odio”. Básicamente porque eso distrajo de la presencia del enemigo y provocó un sueño de laureles. Sin embargo, debo recurrir a ella para trazar una analogía que me remite a una vieja discusión de Cristina con David Viñas en un programa de T.V.

La analogía es entre el amor y la política. Tanto en una cosa como en la otra, está prohibido no ser optimista.

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