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EVO MORALES EN LA MATANZA

23/04/2019

El presidente boliviano llegó al partido de La Matanza, donde fue nombrado visitante ilustre por la intendenta Verónica Magario. La comunidad boliviana se reunió en el Polideportivo Alberto Balestrini para rendirle homenaje.

 

Por C.F. Más

 

En la tarde noche de ayer el presidente boliviano Evo Morales llegaba a La Matanza. Había pisado tierra argentina sin recibimiento oficial, sin la pompa dedicada al rey español, sin ni siquiera los papelones de lujo que durante el G20 les tocaron a los mandatarios de China o de Francia.

Evo Morales llegó para reunirse en el día de hoy con su par Mauricio Macri en un punto donde las relaciones entre los dos países son distantes. Recordemos: en octubre del año pasado Morales visitaba el país sin concretar reuniones ni con Macri ni con ningún funcionario oficial. En el medio las críticas hacia la orden de detención a Cristina Fernández de Kirchner dictada por Bonadio, la cual fue considerada por Morales como "hostigamiento judicial", el decreto migratorio impuesto en 2017 que agilizaba la expulsión de extranjeros que cometían delitos y el conflicto por la falta de un acuerdo de reciprocidad sanitaria que se había iniciado luego de que Bolivia rechazara un pedido argentino.

Morales llegó para tratar con el gobierno argentino el contrato por la provisión de gas que tienen firmado hasta 2027, el tratado de reciprocidad en materia sanitaria y el control del narcotráfico en la frontera, donde el gobierno argentino proveerá al boliviano dos aviones destinados a tal fin.

Hacia el atardecer Evo Morales ingresaba al predio del Polideportivo Alberto Balestrini situado en la localidad de Lomas del Mirador. Lo hacía con ese desapego a las formas protocolares que caracterizan a los líderes reconocidos por los pueblos. Cambió saludos y estrechó las manos de los compatriotas que se acercaron a saludarlo.

Alrededor los micros, los puestos y el despliegue policial. El predio es largo y oscuro, y en los primeros frescos del otoño parece extenderse sin fin. Pero una vez próximos al recinto cerrado la temperatura va en aumento y los metros vacíos se deshacen en la cercanía de los cuerpos.

Ya se escuchan las voces, las muestras de entusiasmo. Antes, a la distancia, los fragmentos de los himnos. El interior es una caldera. Los cuerpos se acoplan, se desplazan, algunos estáticos tratando de no perder ni un segundo de vista al mandatario boliviano, que permanece sentado junto a la intendenta Verónica Magario y a su antecesor en el cargo, el diputado Fernando Espinoza. Otros se agitan y se desenvuelven al ritmo de la música que de tanto en tanto sucede a los oradores.

La comunidad boliviana está presente y llena el recinto con sus colores, sus atuendos típicos y su bandera. Ni bien se ingresa ya se ven las remeras y las insignias de las diferentes agrupaciones. Hay sonrisas en los rostros, pero seriedad en las palabras. Hay que tenerlo en cuenta: allá en Bolivia, como acá, en octubre se celebran elecciones, y así lo hacen ver los carteles que repiten la fórmula Evo-Álvaro (García Linera). Un hombre en la puerta me ve anotar y pregunta si yo nací acá. Le digo que sí, pero aumento la precisión: soy un hijo de La Matanza. Lo dice él y luego se suman los demás: “en octubre lo tienen que sacar”, “este es un traidor, espero que no lo voten más”, “este país cambió un montón, espero que no se vuelvan a equivocar”. Estimo, lector, que no hace falta precisar a quién se están refiriendo.

La espera se hace larga y Evo permanece, sentado, despegando de tanto en tanto para recibir los obsequios o sacarse la foto que le reclaman los oradores, todos pertenecientes a algún grupo u organización representante de la comunidad boliviana en el país (los hay de diferentes zonas del Gran Buenos Aires, de Jujuy y hasta de Tierra del Fuego). El tema se hace inevitable: muchos de ellos llegaron al país en busca de oportunidades, huyendo de un lugar de origen donde se les quitaba la tierra y se les privaba el futuro. Lo remarcan, porque hace falta hacerlo. Lo remarcan, porque también Bolivia conoce de las injusticias de ese neoliberalismo que hoy vuelve con toda avidez a gobernar estos territorios anteponiendo el interés privado a los derechos de la comunidad. Lo hacen, porque esa Bolivia de la que escaparon ya no existe más, y el responsable de que eso sucediera es ese hombre aindiado, de aspecto sereno, que está ahí, con su sonrisa, recibiendo el homenaje y la calidez de una comunidad que está orgullosa de tenerlo.

Se escuchan, cada dos por tres, los “¡Aiaia Bolivia!” y los oradores se suceden, hablando, cómo no, en nombre de las minorías, las siempre minorías, aún en ese país como el suyo, donde ya no lo son, donde, como uno de ellos dice arrancando el entusiasmo de todos los presentes: “los indios ya no lucharemos solamente por la tierra, ahora lo haremos también por el poder”. Por ahí irá la cosa en el acontecimiento que se espera.

Magario y Espinoza, después de un número de música y baile donde se vio a Morales ponerse de pie y hacer contacto, de nuevo, con algunos de los presentes, despertando las alarmas del protocolo de seguridad, hicieron la presentación. Ambos señalan a La Matanza como la capital nacional del peronismo, y Espinoza brinda el dato: allí nunca se perdió una elección.

La exposición de Evo es corta. En relación con la expectativa y la duración de los homenajes, es corta. No habla más de veinte minutos, pero sus palabras son contundentes y arrancan más de una celebración. Hace un repaso de su gestión, pero en el itinerario de su discurso le es preciso hablar desde los tiempos de la conquista española. Porque ese imaginario, y esas formas de dominación para con el pueblo nativo son todavía presentes en la región.

Evo habla del indio que disputa el poder y lo consigue aún en los territorios más impensados de su nación. Habla de sus inicios en el mando, donde solían decir “ese indiecito no va a poder gobernar. Va a jugar a ser presidente cuatro o cinco meses”, y después, a la luz del crecimiento, vaticinaron que “ese indio se va a quedar por mucho tiempo”.

Enumera los logros más importantes: habla de la estatización de los servicios estratégicos, de las empresas capaces de explotar los recursos, del crecimiento económico, el más alto de la región. Calcula los PBI más altos y los más bajos del mundo. Remarca que de un PBI per cápita de 900 dólares que recibió al momento de su asunción se pasó a uno de 4000. Sostiene que es la independencia económica la que ha traído la liberación política capaz de mejorar las condiciones de su nación y finalmente vaticina que Bolivia se convertirá en la próxima gran potencia regional.

Antes de cerrar su discurso prometió tierras a todos aquellos que decidan volver a su país natal.

Los colores, la música y el clamor ilustran a la perfección la vitalidad de esas comunidades que sienten su identificación con la figura de un líder que sabe representarlos. Evo Morales es el pueblo a cargo del poder real. Los deslices en el protocolo son una marca. Esa cercanía corporal (y también espiritual, en tanto que sensible e ideológica) es la misma que se ha visto en las figuras de Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva. Fuerte es el contraste con las posturas guionadas, el paso marcial y las palabras vacías y sin compromiso de los jefes de Estado neoliberales, que enuncian en nombre del pueblo sin estar nunca cerca de él. Donde en unos el pueblo es una invención, un cálculo, un dato estadístico, en otros es una realidad material que hace prioritario el diseño de políticas capaces de hacer justicia a sus derechos más elementales. Los pueblos no son tontos. Los pueblos saben distinguir la impostura de lo que es real. Lo hacen de una manera directa, porque siempre son sus vidas las que están en juego en las direcciones que toma el juego político.

Evo Morales es el último representante de un gobierno popular, surgido de lo popular y reconocido por este. Hace bien, al principio de su alocución, en dirigirse al período colonial, porque es desde entonces que existe esa disputa entre los elementos populares y las elites que buscan concentrar el dominio del poder. En los primeros la política vuelve a lo humano, en un sentido ampliamente democrático. En las elites económicas, representadas también por las oligarquías que detentan privilegios sobre la tierra desde los orígenes de estos Estados-Nación, no. En estas lo humano no existe más que como recurso o como componente retórico. Enuncian al pueblo, lo configuran, legislan en su nombre, pero le niegan la voz. Son, desde la concepción ideal de la mirada liberal, la turba irracional incapaz de imponer el orden que exige el desarrollo. Desde esa visión llevan a cabo una privatización de lo político, una democracia en manos de pocos que se termina en el frío formalismo de las instituciones republicanas.

Evo Morales es el sobreviviente de un período luminoso de las democracias latinoamericanas, donde el crecimiento económico local fue de la mano de la emancipación política de los intereses de las potencias extranjeras. Por eso en el recibimiento la pompa ardiente de un fuego auténtico, y no esas plumas avaras y sin gente con las que arriban los líderes mundiales. Fernando Espinoza, en su discurso de bienvenida, lo sintetizó bien: “en estos tiempos, cuando la Argentina atraviesa por una de sus peores crisis económicas y sociales, el recibimiento de Evo Morales en La Matanza se convierte en una luz que nos guía, en un faro en medio de la tormenta”.

 

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