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INTERNACIONALES

HUMO SOBRE BRASIL

06/05/2016

Los triunfos consecutivos en las elecciones sudamericanas (la presidencial de Argentina, la parlamentaria de Venezuela y el plebiscito de Bolivia) envalentonaron a las derechas latinoamericanas, produciendo un aceleramiento en los procesos destituyentes de las democracias populares de la región.

Por Rodrigo Hobert

Los triunfos consecutivos en las elecciones sudamericanas (la presidencial de Argentina, la parlamentaria de Venezuela y el plebiscito de Bolivia) envalentonaron a las derechas latinoamericanas, produciendo un aceleramiento en los procesos destituyentes de las democracias populares de la región. Pero esta ofensiva resultaría estéril sin la coronación sobre el principal actor de la región. En términos económicos, financieros, políticos, sociales y poblacionales, Brasil representa el verdadero casus belli del neoliberalismo en América del Sur. De allí que las estrategias emprendidas en los países vecinos (y aliados de las políticas de inclusión con desarrollo llevadas adelante por el Dilma Rousseff y Lula Da Silva) para horadar sus experiencias nacionales, populares y desarrollistas, hayan estado guiadas por la búsqueda de un cerco sobre las posibilidades de acción del PT ante a los intentos golpistas de los sectores concentrados del capital. Brasil no sólo constituye un actor de peso por su desarrollo industrial y económico en términos regionales, sino también a nivel global. Su posición dentro de las principales potencias mundiales lo ha transformado en uno de los principales objetos de deseo del capital financiero trasnacional a los efectos de lograr una máxima extracción de riqueza a través de la privatización de la participación del estado brasileño de sus empresas e industrias, de su inscripción plena en el Tratado Transpacífico, de la extranjerización de sus recursos energéticos y naturales, y de generar una fractura entre el bloque de aliados de la Federación Rusa. Por eso, más allá de las circunstancias satíricas y grotescas que llevaron al proceso de impeachment a Dilma Rousseff, lo importante queda y quedará convenientemente a un lado.

Tal vez ni siquiera queden registradas en la historia próxima las bizarras intervenciones de los 367 parlamentarios brasileños que, a grito pelado, pronunciaron vehementes invocaciones hacia la honestidad y la ética, aún cuando dos tercios de ellos se encuentren procesados (o en vías de serlo) por casos de corrupción y defraudación al estado. Probablemente algún revisionista rescatará del conveniente olvido mediático las reivindicaciones genocidas y golpistas del parlamentario Jair Bolsonaro; pero de este circo, pocos recuerdos habrá. Y ese es el objetivo. A fin de cuentas la extrema derecha trasnacional, mediática, económica (y fundamentalmente política) ha demostrado con un éxito inicial sin precedentes de qué manera se puede convertir a la mentira en novedad, a la novedad en noticia, a la noticia en certeza y a la certeza en humo. Con esta metodología, las derechas coloniales sudamericanas han obtenido triunfos de corto plazo, en principio, impensables. Si bien es cierto que muchas de sus victorias llevan el sello de oro de los derrotados, no es sensato restar méritos a una estructura judicial, comunicacional, empresarial y política que obra de manera implacable y magistral, y a la que los movimientos populares latinoamericanos no han sabido enfrentar. Este es el principal factor a tener en cuenta a los efectos de comprender el sentimiento de profunda autoconfianza que reside en las filas del neoliberalismo (hoy) triunfante, y para comprender la desorientación, los yerros y las deflexiones de quienes se les oponen.

Brasil es el teatro de operaciones más importante de la ofensiva neoliberal en América Latina. Siempre lo fue y al día de hoy es hacia donde apuntan todas las fuerzas de desestabilización. Las victorias de las derechas en Argentina y Venezuela estaban próximas, y de no haber ocurrido, la estrategia a seguir en esos países hubiera sido calcada a la que padece el gobierno de Brasil: causas judiciales armadas, bombardeo mediático, pedidos de juicio político, corridas especulativas, desestabilización política, etc. De no mediar resultados satisfactorios hubieran regresado a sus tácticas de antaño: atentados, crímenes políticos, alzamientos cívico-militares y sanciones económicas extranjeras. Pero el rápido éxito obtenido sobre los países que sustentaban la legitimidad regional de la experiencia popular brasileña, llenó de ánimos y esperanza sobre un inmediato triunfo.

Hoy, la mayoría del pueblo brasileño siente la necesidad de tomar posición frente a un libreto armado por los poderes económicos para escarnecer al PT, a Dilma, a Lula, al estado, a la política, a lo político, a la unidad latinoamericana, a las políticas de inclusión social, al desarrollo, a la independencia económica y a su soberanía nacional. Si bien antes de la destitución queda proseguir con un extenso proceso en el Senado, la derecha brasileña se ha anotado un gran triunfo con la convocatoria al impeachment. Ha ganado su batalla más importante hasta ahora, a base de un humo denso, cambiante y embriagador. De proseguir con la sistematicidad de sus acciones mediático judiciales es probable que logren derrocar a Dilma y con ella a la experiencia desarrollista del PT. Pero a mediano plazo, al igual que en Argentina, esa derecha deberá hacerse cargo de la gestión de un país complejo y asimétrico, llevando adelante políticas de exclusión social y de extranjerización de la riqueza brasileña, en un contexto regional que irá tornándoseles cada vez más hostil conforme las experiencias neoliberales vayan retrocediendo por su impopularidad y por la reacción de los movimientos sociales frente al avasallamiento de las conquistas obtenidas durante la primera década del 2000.

 

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