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LA CIENCIA QUE NO SIRVE

26/12/2016

Cómo recortar el presupuesto y querer lograr aplausos

Por Florencia Marchini, Licenciada en Ciencias Químicas (FCEN - UBA), Becaria doctoral (CONICET)

 

Si hay algo que sin dudas siempre ha tenido prestigio en nuestra sociedad es la palabra de un científico. La frase “científicamente comprobado” suele ser desde el punto final en cualquier tipo de cuestionamiento sobre una afirmación en un contexto de debate hasta el “gancho” de marketing usado para la promoción de un producto. Aderezar algo de la vida cotidiana con vocablos provenientes del mundo científico es como darle un baño de credibilidad, aunque no tengamos ni remota idea de qué significa que el yogurt tenga “provitalis” o el shampoo, “ceramidas” (hasta he llegado a ver una revistita de “horóscopo cuántico”). Así, la plata puesta por el estado en el sector científico siempre fue mayormente considerada como “plata invertida” más que como “plata gastada”. Pero en un contexto de recorte en el presupuesto destinado a ciencia, es necesaria la siembra masiva en el hipotálamo de cada integrante de la sociedad de la semilla que hace crecer la idea de que hay dos tipos de ciencia: la ciencia aplicada, esa que merece todo nuestro respeto y apoyo porque es la que nos lleva hacia el progreso y acabará con los males del mundo y la otra ciencia, sobre la que no sabemos bien de qué se trata pero que no merece ser financiada: la ciencia que no sirve.

 

Hace poco más de una semana el país se vanagloriaba por que la prestigiosa revista “Nature” puso en el top-ten de científicos del mundo a Gabriela González, una doctora en física argentina. Probablemente sólo una fracción de la totalidad de enorgullecidos por el hecho conozca la razón de su reconocimiento: la detección de ondas gravitacionales. Entendiendo del tema o no, quizás una fracción aún menor de ese subgrupo sepa que lo que Gabriela hizo no va, al menos en lo inmediato, a curar definitivamente el cáncer, acabar con la pobreza del país, resolver los problemas ecológicos mundiales, evitar guerras ni va a insertarnos de manera competitiva en algún mercado mundial de vaya a saber cuál industria que “haga plata”, no. Gabriela González fue premiada por su trabajo de investigación en lo que se denomina “ciencia básica”, la que se hace con el mero fin de producir conocimiento, esa sobre la que gente del mundo no científico eventualmente suele preguntarse (o preguntarnos) “y… pero para qué sirve?” Hasta ahí, todo es entendible. Lo curioso es cuando se logra ver intersección entre el conjunto de gente que se enorgullece por ver a Gabriela dentro del ranking del prestigio y el de los que se indignan porque “el CONICET financia investigaciones que no sirven para nada”.

 

La ciencia, en principio, puede estar motivada por un objetivo práctico, útil, de aplicación tecnológica directa, de gran impacto social o económico y podría seguir plagando esta oración de adjetivos bonitos. Pero también puede no estarlo y eso no le quita en absoluto validez ni relevancia. Les doy un ejemplo que me es muy cercano. Si me preguntan qué investigo, yo contesto que trabajo en el desarrollo de un método de extracción de litio a partir de salmuera de salares de altura, como los que hay en nuestra Puna. Es un proyecto ambicioso que apunta a contar, a mediano plazo, con una tecnología nacional, limpia y amigable con el medio ambiente, de extracción desde fuentes naturales de este recurso con tanto valor comercial. Si acerco la lupa para contar concretamente qué hago, en realidad debo decir que me dedico a estudiar los procesos tanto en la interfaz como en el seno de electrodos de óxido de litio y manganeso, capaces de intercalar reversiblemente iones litio. Lo que acabo de decir no suena a nada, ¿no? Ahondando aún más en lo que hay detrás de este proyecto con aplicación tecnológica directa, es preciso mencionar que para poder llevarlo a cabo, es necesario disponer de todo el conocimiento acumulado en diversas áreas tales como síntesis e ingeniería de materiales, electroquímica, fisicoquímica de superficies, estudio estructural de compuestos iónicos y un sinfín de etcéteras. Dicho conocimiento pudo haber sido producido fuera del marco de una investigación motivada por una aplicación tecnológica o, incluso, en un contexto en el que originalmente sí tenía de fondo un objetivo “pragmático” pero que eventualmente la mayor relevancia terminó encontrándose muchos años después y hasta en un área diferente; verdaderas serendipias. De hecho, las serendipias han sido el gran motor para el avance del conocimiento a lo largo de la historia de las ciencias. Entonces, dado que ante un descubrimiento nunca se llega a tener real noción del alcance de su utilidad y aplicabilidad, catalogar de “vana” una producción científica resulta desacertado o, por lo menos, apresurado.  

 

Toda producción de conocimiento es el fruto maduro de la constante tarea del científico de observar qué está pasando y preguntarse por qué, de comprender la razón por la que algo ocurre de un modo y no de otro, incluso de entender por qué algo funciona (se me ocurre el caso de las baterías de plomo-ácido, dispositivos que aun están presentes en todos los automóviles y que vieron el mundo por primera vez en 1860, pero cuyo principio de funcionamiento desde el punto de vista químico fue entendido varias décadas después). Y esta tarea es llevada a cabo en todas las áreas de la ciencia. Esto inmediatamente me remite al reciente y penoso intento de desprestigio a la investigación en Ciencias Sociales, en el que tanto medios como individuos fueron parte de un intento de “mofa” en torno a títulos de investigaciones que proclamaron “polémicos” porque mencionaban a Disney,  a la cumbia o a Star Wars, entre otros, a fin de justificar cualquier ajuste presupuestario que las financie. Es penoso no sólo por el alto grado de descontextualización maliciosa (debido a que los expuestos en su mayoría eran títulos de seminarios presentados en congresos, ámbitos en los que se intenta elegir para una charla un título atractivo para captar la atención de la audiencia) pero además por la enorme intención de tapar el bosque, diría yo, con la punta de la hoja de la rama de un árbol. Debería ahondar en los trabajos mencionados pero, a priori, investigar la relación que guardan los lineamientos de género y modelo sociocultural con las películas de Disney o elucidar la radiografía de un sector social plasmada en las letras de cumbia me parece, al menos a mí, de gran importancia. Las ciencias sociales tienen como denominador común el conocimiento y entendimiento de la sociedad en la que vivimos;  ignorar su relevancia es caer en la paradoja de querer eliminar la pobreza sin antes entenderla, de proclamar #NiUnaMenos sin hurgar en el origen y alimento del patriarcado, de apenarse por los nenes malformados a causa de los agrotóxicos y la contaminación minera, pero avalar con silencio e ignorancia la impunidad de acción de sus responsables.

 

Pero al margen de la discusión en torno a qué investigaciones deben ser o no financiadas respecto a su relevancia en función de la garantía de aplicabilidad y alcance, hay algo de suma importancia que tiene lugar en el “mientras tanto” de toda investigación científica; es un evento progresivo y silencioso pero, a mi juicio, el más importante de todos: la formación de capital humano. Aún si lo que un científico produce en el contexto de tu tesis doctoral o trabajo postdoctoral o en una línea de investigación ya en el rol de investigador, no es utilizado en lo inmediato o en 100 años o nunca, esa persona está adquiriendo un conocimiento que puede ser adaptado para resolver una multiplicidad de situaciones de diversa índole. De ese modo, que en Argentina se haya construido y puesto en órbita un satélite, pudo ser posible porque se contaba no sólo con la infraestructura y financiación necesarias sino también con la gente idónea requerida para la tarea. Y eso solamente ocurre cuando el estado invierte en el sector científico de manera sostenida.  

 

Haciendo a un lado las digresiones sobre qué tipo de trabajo debe ser financiado y cuál no, lo que está verdaderamente en el foco de debate en estos días fue el ingreso de personal al sistema científico nacional. Sobrevolemos el camino por el que debe transitar quien quiere dedicar su vida profesional a la ciencia: a grandes rasgos, concluidos los estudios de grado, un profesional que desee insertarse en el sistema científico nacional requiere contar con estudios de doctorado, postdoctorado y/o maestrías. Toda esta instancia de formación académica de posgrado suele durar alrededor de 8 años y se realiza comúnmente financiada por becas no remunerativas (el principal agente que otorga becas es CONICET) en las que el profesional debe cumplir con un mínimo de 40hs semanales de trabajo. Digo “cómo mínimo” porque es muy frecuente tener que quedarse en el puesto de trabajo hasta tarde e incluso trabajar los fines de semana, tanto de manera presencial cómo domiciliaria cuando el experimento de turno así lo requiere. Lo que sigue después de unos 6 años de formación de grado más otros 8 de formación de posgrado, es el ansiado ingreso a Carrera del Investigador Científico que, para muchos, implica por primera vez cobrar un sueldo en blanco, con todo lo que eso significa. Hasta acá, pareciera que elegir desarrollar una vocación científica en Argentina es algo así como un acto de altruismo. Para ingresar a planta permanente en CONICET, se realiza una exhaustiva evaluación de los postulantes que consta de cuatro instancias en las que el mismo, además de tener un CV apto, debe presentar un proyecto de investigación, defenderlo ante una comisión evaluadora, indicar con qué recursos logrará llevarlo a cabo y demás requisitos. De ese proceso de evaluación que dura alrededor de un año, surge una lista de “recomendados” (que típicamente suelen ser alrededor del 70% de los postulantes totales) a los que el directorio de CONICET, en la instancia final, otorga el aval para el ingreso a carrera.

 

El pasado 16 de diciembre se dio a conocer el listado de ingresantes a carrera de la convocatoria 2016. El número fue marcadamente menor al de años anteriores: 385 contra alrededor de 900. En esta oportunidad, de los 874 postulantes recomendados el directorio de CONICET sólo dio el aval de ingreso a 385, dejando a 489 científicos literalmente afuera del sistema. El mismo estado que durante décadas formó a todo ese capital humano, es el que hoy les cierra la puerta tirando la inversión realizada a la basura. Ésta es la razón por la cual este conflicto nos atañe a todos, científicos y no científicos.  Las voces oficiales (que curiosamente también fueron voces oficiales de años anteriores, en los que las decisiones tomadas eran contrapuestas a las actuales) primero justificaron el recorte con argumentos basados en la relevancia de las investigaciones y la transparencia de los concursos. Luego, el mismo directorio de CONICET lo caratuló como “un problema de presupuesto” en un comunicado publicado días atrás. Hacer algunas cuentas fáciles y ver que la plata que falta en CONICET y en MINCyT es sólo una ínfima fracción del costo que representa la quita de retenciones a las mineras y al sector agrario, es darse cuenta de que la desfinanciación del sistema científico no es un problema de presupuesto sino una decisión política que enoja y duele.

Hoy es el recorte en la cantidad de ingresantes a Carrera de Investigador, pero mañana va a ser el inminente recorte en el número de becas doctorales y postdoctorales. Es el actual 0.59% del PBI invertido en Ciencia y Técnica contra el 0.7% de años anteriores y el 1.5% prometido en la campaña de Mauricio Macri. Es el ajuste que implica incrementar el presupuesto en el área en un 18% nominal, en un país con una inflación oficial del 40%.  Y lo más triste de todo, es que detrás de estos números, el discurso sobre qué modelo de país se quiere perseguir en materia de Ciencia y Técnica, está vacío.

En este contexto, desde el lunes 19 de diciembre hasta el pasado viernes 23, la comunidad científica apoyada por diversas agrupaciones políticas, sociales y gremiales, llevó a cabo una toma pacífica del MINCyT que se levantó ante la firma de un acuerdo que contempla la continuidad hasta diciembre de 2017 de los 487 compañeros dejados afuera. A mi juicio, es el “alto al fuego” en una batalla que forma parte de una lucha por algo mucho más grande: la confesa intención de vaciamiento del sistema científico nacional. Aun habiendo firmado el acuerdo, la decisión política manifiesta por parte del gobierno de recortar en un 60% la cantidad de ingresantes a CONICET, se mantiene vigente. Y esto es algo que debemos combatir entre todos, científicos y no científicos, con el color político que sea,  batallando desde adentro y desde afuera tanto los recortes de presupuesto como la desmoralización que nos genera y la instalación en la sociedad de ideas falsas y maliciosas sobre la ciencia argentina para que no haya ni un excluido más, para que las políticas en Ciencia y Técnica de los últimos años que hicieron crecer a la ciencia nacional ubicando al CONICET entre las 80 mejores instituciones de producción científica a nivel mundial se mantengan y mejoren, para tener salarios acordes a nuestra formación, para llegar a ser trabajadores en blanco y trabajar en nuestro país, para poder cumplir el deber social de devolverles a cada habitante de suelo argentino lo que nos fue otorgado en todos nuestros años de formación pública y “gratuita”. Tenemos la palabra y el pensamiento crítico como armas,  es nuestro deber usarlas constante y adecuadamente en esta lucha. Empecemos hoy.  

 

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