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LA MEMORIA INTERMINABLE

25/03/2019

Se cumplieron 43 años del inicio de la dictadura militar más sangrienta de nuestra historia. Como en cada aniversario, la calle fue testimonio de que la memoria es un fuego que no se extingue.

Por C.F. Mas.

Domingo. 11 am. Hay un cielo sereno, surcado por nubes que son como barcos lentos, pesados, que se funden en formaciones más grandes y conforman una unidad. Se mira hacia arriba y se piensa, lo primero, en el pronóstico del tiempo, porque esa unidad crece y parece que fuera a abarcar los límites de todo el cielo.

También arrecia el viento, y el azote, que es frío, no conmueve al cuerpo. Sí conmueve a eso que no está hecho de materia, y que algunos llaman espíritu. Elevo la mirada otra vez y pienso en un fragmento de una canción de Spinetta que dice “la lluvia borra la maldad y lava todas las heridas de tu alma”. Pienso que en lugar de la lluvia bien podría ir ese viento que parece estar como rasgo de distinción. Es 24 de marzo, y no puede ser un día más.

Son las 11 y parto desde Villa Luzuriaga. Ya dije que no es un día más y que no puede serlo. Subo a un colectivo atiborrado de gente. Ignoro el destino de la mayoría, pero algunos tienen indicadores precisos con los que puedo especular. Un pibe lleva una remera que dice “Juicio y Castigo”. Más atrás escucho que una chica, por celular, coordina a un grupo y nombra a alguna que otra agrupación. Bastante después una mujer joven con aspecto de rockstar se pone a cantar. Va sonriente, con una de esas sonrisas que son todo boca y dientes. Me toca un brazo y me da una flor de papel pintada de amarillo. Bromeo por el color, y la risa se le apacigua. Dice que no. Que no se los podemos permitir. Que no podemos dejar que se apropien ni de los colores ni de los símbolos.

 

Walter Benjamin cuenta de los soldados que, ante la experiencia del horror en la guerra, volvían mudos. El testimonio de la experiencia se obtenía mucho tiempo después, y estaba, por supuesto, atravesado por la mirada conmovida. Con esto describe a dos tipos de narradores: el que narra a través de la propia vivencia y el que reproduce algo que escucha antes, algo que también puede ser un relato colectivo, parte del acervo tradicional del lugar del cual proviene.

En esto voy pensando una vez que llego a Avenida de Mayo y me pongo a caminar. Todavía es temprano y las organizaciones van levantando las primeras banderas. Gente de todas las edades. Gente que la vivió y gente que no.

Son muchos los jóvenes. Algunos cantan consignas, se les transforma el rostro y sacan un brillo de los ojos que parece furia, pero que es emoción.

Este cronista contempla la bandera azul, la interminable bandera azul con el rostro de cada uno de los desaparecidos. Ahí recibe el primer abrazo. Este viene de alguien de su terruño con el cual nunca intercambió palabra, pero con el que coincidió en algún que otro encuentro deportivo. Me cuenta un poco con quien viene, y luego se pierde, porque alguien lo toma de atrás y lo arrastra.

Así toda la tarde. Gente de las redes con la que se abrazó por primera vez. Gente con la que coincide toda vez que la calle reclama. Gente que ya forma parte de su vida y con la cual, sin preverlo, se ha encontrado, entre los miles y miles, que ante un acontecimiento de tamaña relevancia parece formar parte de un mismo cuerpo. Sin dudas, piensa ante cada gesto emotivo: esa es la comunidad a la que tanto teme el liberal para su individuo.

 

Detrás de la bandera azul una batucada. Gente que no la vivió, personas sub 40 con trajes de colores dibujando el aire con los trazos de sus miembros. Tres muchachos en zancos, moviéndose temerarios al compás de los tambores. Ahí nomás en el calendario está el carnaval. Su espíritu perdura. Y uno más ajeno a estas sensibilidades preguntará: ¿se puede ser así cuando lo que la fecha recuerda es el inicio del horror? La respuesta es sí. Se puede porque la memoria es una forma activa y un instrumento vital de lucha. Se puede porque las dictaduras y sus epígonos de siempre han buscado disciplinar el cuerpo y la conciencia por medio del amedrentamiento. Su triunfo es el de la paz de los cementerios, el silencio del que se deja hacer sin protestar, el del atropello impune y con mano de hierro. Se puede, porque la calle es la palestra del soberano, que con sus ruidos y colores exhibe la fuerza temeraria de su legitimidad. Se puede, fundamentalmente en estos días, porque de ninguna manera hay que permitir que conviertan la alegría en una forma de propiedad.

 

Gente que no la vivió: niños en los hombros o de las manos de sus padres, explicando como pueden qué hacen ahí, también con sus colores en el cuerpo, también con sus consignas en la voz. La memoria en ejercicio, perdurando, para que los hechos no sucumban en el olvido ni, mucho menos, en las justificaciones infames de aquellos que cuentan con los dispositivos mediáticos que les permiten llegar a cada espacio, a cada hogar. La memoria, como la narración oral, también es de tipo artesanal, y de eso depende buena parte de su vigencia en el acervo cultural de los pueblos, repertorio auténtico no impuesto por instituciones hegemónicas.

 

Gente que no la vivió también hablando, porque la dictadura forma un archivo. No digo archivo como conjunto de documentos del pasado. Digo archivo en un sentido foucaultiano, como un sistema de condiciones históricas de posibilidad de los enunciados, donde cada enunciado, cada discurso (o cada discursividad), implica un acontecimiento cuya ley determina sus límites, su decibilidad, su forma de conservación, de reactivación y apropiación. Archivo como aquello de lo que se puede hablar y de cómo se debe hablar. Aquello que se enuncia y bajo qué perspectivas.

Es imposible no hablar, en estos lados del mundo, de lo que fue la última dictadura militar. De todas las que tuvo el país durante el siglo XX, la más sangrienta y criminal. De ella hablan, para bien o para o para mal, o por mero compromiso, incluso aquellos que preferirían no hacerlo.

Mauricio Macri, en sus redes, recurrió a un mensaje gélido en el que habla de la desclasificación de los documentos por parte del gobierno de los Estados Unidos. Lo hace como parte de una iniciativa propia, sin mencionar que detrás de ese reclamo están desde hace años las Abuelas de Plaza de Mayo y el Centro de Estudios Legales y Sociales.

Patricia Bullrich, por su parte, justificó la ausencia de actos oficiales y de todo tipo de presencia aduciendo que la fecha fue apropiada por organismos de derechos humanos kirchneristas. Lo que dijo es para destacar: “hace ya varios años que los 24 no son una fecha para que cualquier persona vaya y marche. Porque hacen consignas a favor o en contra del Gobierno, tienen una mirada cerrada respecto de quiénes son los dueños de la fecha”. Juzgue usted las palabras de la Ministra.

 

El 24 de marzo es una fecha aciaga para nuestra historia. Sin embargo, la calle se ha llenado (los números indican unas 300.000 personas, a las cuales hay que sumar a todas las que se reunieron en distintas plazas del país), y en los rostros proliferan la emoción y la alegría. Es la alegría del que sabe que no está sólo, que esa multitud conforma un cuerpo, una unidad. Es la satisfacción del que sabe que la memoria está viva y luchando. Esa lucha es la que dice que después de la dictadura sólo cabe otra forma de hacer poesía, porque la crudeza de lo real ya sobrepasó todo el horror posible de la imaginación.

Al 24 de marzo sí, nos lo hemos apropiado, porque se vuelve necesario resignificar los símbolos para hacerlos imposibles al terror. El viento no ha lavado ninguna herida del alma, pero le ha traído a esta nuevos bríos (sigamos con Spinetta: “Y deberás plantar/ y ver así a la flor nacer/ y deberás crear/ si quieres ver a tu tierra en paz”).  Con la emoción en los ojos, con la sonrisa y los tambores también podemos decir que no hay olvido ni perdón. Que no nos reconciliamos.

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