Noticias

CULTURA

LA SANGRE DERRAMADA

11/07/2016

El documental muestra cómo los medios de comunicación colectivizan versiones del mundo, desatan a partir de los testimonios de las autoridades militares y eclesiásticas una interpretación excluyente de los acontecimientos.

 

DirectoresJuan Pablo YoungPablo Hernán Zubizarreta

GuiónJuan Pablo YoungPablo Hernán Zubizarreta

ProductoresJuan Pablo YoungDiego GachassinPablo Hernán Zubizarreta

 

Crítica Por Álvaro Guarnaccia

 

En la mañana del 4 de julio de 1976 el barrio de Belgrano R amaneció helado. La comunidad reunida en la puerta de la iglesia de la congregación Palotina de San Patricio esperaba por entrar a misa. Entre la gente, Rolando Savino, el joven organista de la parroquia, intuía algo extraño. A las ocho menos cinco, Rolando decidió entrar a la casa de los curas por una banderola semiabierta. Tenía solo dieciséis años, se convirtió en el primer testigo de la masacre. En la madrugada, un grupo de tareas vinculado a la dictadura militar, habían asesinado a tres sacerdotes y dos seminaristas. Aquel crimen fue el hecho de sangre más importante que sufrió la iglesia argentina en toda su historia. Sin embargo, la cúpula católica mantuvo un llamativo silencio, jamás exigió el esclarecimiento del crimen y mucho menos reclamó el castigo a los culpables.

 

Circula por la red un documental que no solo narra los hechos de aquella madrugada, sino que además recompone la trama socio política en la que se encuentra enmarcado. Escrito y dirigido por Pablo Zubizarreta y Juan Pablo Young, 4 de Julio, la masacre de San Patricio, se centra en la investigación llevada adelante por Eduardo Kimel en su libro La masacre de San Patricio. Tanto en uno como en otro, aparecen el dolor de los sobrevivientes, las victimas, los asesinos y los cómplices. Solo que en el film, además de recomponer la época a partir de extractos visuales de las coberturas periodísticas del momento, se sostiene un registro que permite mensurar la violencia en el rostro de los directamente implicados. Es cierto que la experiencia de la lectura es infinita en la imaginación, pero la cara y el testimonio de Rodolfo Savino más de treinta años después es tan fuerte como algo irreversible. Al mismo tiempo, muestra como los medios de comunicación colectivizan versiones del mundo, desatan a partir de los testimonios de las autoridades militares y eclesiásticas una interpretación excluyente de los acontecimientos. El diario Clarín asume los hechos a partir de un comunicado de prensa del primer cuerpo del ejército que le adjudicaba él crimen a un grupo subversivo. La iglesia muestra una relación pornográfica con el ejército y manifiesta preocupación por los jóvenes idealistas. En ese sentido, el film sostiene una experiencia que permite enmarcar los hechos dentro de la trama de complicidades entre militares y la iglesia.

 

En ese contexto, hay un personaje que merodea la historia y va adquiriendo trascendencia a medida que avanza. Roberto “Bob” Killmate fue un militante social de proporciones que murió en diciembre pasado pero que bien pudo haberlo hecho ese cuatro de julio. Salvo su vida porque se encontraba en Colombia en medio de un viaje de estudios. Bob formo parte de una camada de seminaristas más preocupados por la situación social de los pobres que por las limosnas de los poderosos. La llegada de esa misma camada al barrio de Belgrano resultó ser conflictiva, sobre todo para las familias acomodadas de la zona. Los sermones del sacerdote Alfredo Kelly iban en contra de ciertos hábitos y costumbres inherentes al barrio. Fustigaba en contra del individualismo prepotente y autosuficiente de las clases dominantes. De esta manera se produce un reordenamiento, hay un proceso de fuga de la feligresía de la zona, síntoma claro de la época que desnuda parte del quiebre que significó la masacre. Había una prédica que lastimaba.

 

En ese marco, el documental resulta un instructivo para desandar la historia de las complicidades en torno a los crímenes de la última dictadura. Además, permite confeccionarse una porción de sentido para pensar la dinámica de una iglesia bipolar. Contrastando  la acción de aquellos hombres que logran socavar al conservadurismo a partir del trabajo territorial, logra hacernos respirar un poco de esa actividad tan necesaria para el reordenamiento del espacio de disputa que es la calle. En ese sentido, la figura de Bob Killmate mantiene el equilibrio en momentos en los que todo cuesta más trabajo. Es partir de él que resulta claro como son los hombres de la iglesia donde, mientras unos reclaman por sus cuerpos, la propia institución los niega. Debe ser que hay maneras de creer que no son tan fáciles de controlar, la obra de Kilmate es, en ese sentido, todo lo que está bien. Desde la impronta que es capaz de sacudir hasta un pueblo en Santiago del Estero, hasta esa persistencia en las ganas de hacer que lo obliga a rechazar la protección del vaticano. Tal vez ahí, el golpe y su sistema de complicidades ha sido efectivo al dinamitar el proyecto religioso de los hombres como Bob. Logró avanzar sobre los cimientos que empezaban a construir una verdadera comunidad, atenta, generosa e idealista, con la firmeza de la justicia social. 

 

Sin embargo, en la gestión de esos valores tal vez pueda encontrarse el lugar para volver a empezar. Treinta años después, el entonces Arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires, Cardenal Bergoglio, inicio los trámites para pedir la canonización de los tres sacerdotes, Alfredo Leaden, Alfredo Kelly y Pedro Duffau, y de los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti. En ese sentido, también es necesario articular un cierto régimen de complicidades. Las condiciones impuestas por las políticas de Memoria, Verdad y Justicia de los gobiernos kirchneristas construyeron el contexto específico. La acción de Bergóglio se puede interpretar de muchas formas, lo que resulta ineludible es pensar su  pertenencia al proceso de reconstrucción de la memoria del que, aunque lo intente, no puede apartarse. Es a partir de la implementación de políticas concretas, que se amplían los criterios que tornan verosímiles determinadas acciones. De otro modo, no se explica cómo le ha llevado tanto tiempo a la iglesia reconocer a sus muertos. Porque si hay algo cierto en la clave del tiempo, es que las marcas de la violencia siempre quedan, no se van ni lavando la alfombra. 

 

 

lanegradelsur.com.ar // info@negradelsur.com / suscripcion@negradelsur.com - Todos los derechos reservados - Sitio web creado por Ariel Tomás.