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LOBOS: LAS MUJERES VAN POR MÁS

10/10/2020

Un grupo de 150 mujeres nucleadas en una cooperativa de producción agroecológica, están dispuestas a cambiar el modelo de consumo de la ciudad de Lobos.

Por Eduardo Silveyra

Solo 100 kilómetros separan a Lobos de la Ciudad de Buenos Aires, fundado hace poco más de 200 años a partir de una estancia de las misiones jesuíticas, el pueblo tiene unos 45.000 habitantes, una población que fue cambiando sus medios laborales de subsistencia, a medida que avanzaban los cambios en los modos de producción agrícola ganaderos de la zona. A ambos lados de la ruta nacional 205, se pueden observar las plantaciones de soja extendidas sobre la llanura pampeana o las manadas de vacas y los rebaños de ovejas paciendo en las pasturas verdes. En otros tiempos también la industria textil tuvo una actividad importante y se nutria de una masa laboral constituida por una mayoría de mujeres, que los viernes tomaban el tren con rumbo al barrio porteño del Once, donde vendían la producción de tejidos confeccionados por ellas. Los años 90 arrasaron con la producción textil y en parte con el ferrocarril que circula con horarios de frecuencias raleadas en los ramales del Ferrocarril Roca o el Sarmiento. Sin embargo a esa ruralidad le falta o le faltaba algo y era la producción frutal y hortícola que abasteciera al pueblo, una historia que unas 150 mujeres fundadoras de la Cooperativa Agroecológica Lobos están dispuestas a cambiar.

Nucleadas en 3 polos productivos de aproximadamente una hectárea cada uno y cuyos nombres son: Barrio República, Empalme y La Misión y un cuarto en formación aun sin nombre, estas mujeres son las primeras agriculturas familiares de Lobos y todas las producciones se comercializan a través de bolsones y distribuidos en delibery  y en  verdulerías de la zona. Daniela González y Cecilia Deri, nos cuentan cómo comenzó todo: “Nosotras recibimos uno de los tantos planes que daba el macrismo, no era mucho, pero nos sirvió -una vez que algunos vecinos con lotes de tierra sin uso alguno nos la cedieron en comodato- para ir comprando las herramientas, ya sea las palas, los rastrillos, todo lo que hace falta para trabajar la tierra. Muchas veces vos escuchas como insulto que a los pobres los mandan a agarrar la pala, nosotras la agarramos y sentimos que vamos transformando las cosas, con muchas dificultades, pero las cosas van cambiando”. Esto nos dice, Daniela y es Cecilia quien agrega: “Muchas de nosotras antes de esto trabajábamos como empleadas domesticas, cuidábamos niños, ancianos o trabajábamos como bacheras en algún bar o restaurante, teníamos esos trabajos de servicios, ahora sentimos que tenemos otro valor, porque estamos produciendo alimentos sanos, que llegan a la mesa de muchos lobenses, pero también abastecemos en estos momentos de pandemia a varios comedores comunitarios y venimos entregando producción para hacer 600 raciones diarias”.

Milagros Moya que también trabajo en la Secretaria de Agricultura Familiar durante la gestión de Emilio Pérsico y es referente del Movimiento Evita en Lobos, es otra de las artífice de estas huertas agroecológicas y nos dice: “El trabajo de las compañeras es muy importante, porque entre otras cosas visibiliza la importancia económica del sector, constituye todos los días un acto de soberanía alimentaria y también fomenta el arraigo necesario para que no haya desplazamientos poblacionales. Acá las frutas y verduras vienen del Mercado Central de Buenos Aires que está a 100 klms. o de los quinteros de La Plata que están a 180 klms. o sea que hay un encarecimiento de todo lo que se consume por el tema del traslado y el costo de los fletes. Nosotras hemos realizado un estudio con el cual llegamos a la conclusión que bastan solo 14 hectáreas dedicas a la producción intensiva de verduras y hortalizas para abastecer a toda la población de Lobos. Pero está el tema de la tierra, todas las huertas funcionan en parcelas cedidas en comodato por vecinos a los cuales les entusiasmó el proyecto, pero debería haber una intervención directa del estado, para proveer la tierra para estos emprendimientos que son imprescindibles para el desarrollo económico del sector, los pueblos rurales y las economías regionales”.

La huerta visitada es la Barrio República, a un costado de las hileras de surcos donde vienen creciendo lechugas, acelgas, remolacha, repollos y plantas de habas, está el invernadero donde los almácigos de tomates ya comienzan a prender, Daniela González nos cuenta: “Presentamos un proyecto en la Secretaría de Agricultura Familiar Campesina e Indígena, pero este invernadero es parte de una de las capacitaciones recibidas por las compañeras y brindada con mucho esfuerzo por parte del técnico Patricio Walsh, ya que esto lo comenzamos durante el macrismo y el desguace de la secretaría iba a contrapelo de todo esto, pero el siempre estuvo presente con verdadero compromiso de su parte y tratando siempre que el estado tuviera presencia para poder desarrollar las cosas que nos importan, ahora lo que queremos es agregar valor a lo que producimos, ya estamos pensando en fabricar conservas y ya hay compañeras que están produciendo mermeladas. La fabrican con frutas compradas, pero la idea es tener la tierra propia y plantar nosotras los frutales”.

Desde la huerta nos trasladamos a un local de la cooperativa, donde un grupo de compañeras están envasando y etiquetando la miel de un apicultor de Lobos y también fabricando mermelada de peras, quien revuelve la cacerola es María Itatí Mermet, es ella la que nos cuenta: “Con este aparatito mido la densidad del azúcar, así sale siempre la misma mermelada y no varía el gusto, por ahora comercializamos en los almacenes barriales y por pedidos, también hacemos promociones, estamos haciendo una de un frasco de miel y otro de mermelada a un precio justo y razonable para vender en el día de la madre”.

Por Lobos también pasó el arrase propio de la aplicación de las políticas neoliberales y sus consecuencias, es decir desocupación y desplazamiento poblacional, principalmente de jóvenes quienes migran en busca de mejores oportunidades, que en la mayoría de los casos no se da en las grandes ciudades. Por convicción y también por amor al terruño, algunos y algunas en este caso, deciden enfrentar la realidad desde el lugar donde nacen todas las cosas, es decir desde la tierra. La empresa no es pequeña porque de ella depende la independencia económica, la soberanía alimentaria, y el arraigo cultural. Cosas que solo se pueden realizar y concretar con una fuerte presencia del estado para sustentar los emprendimientos de las agricultoras familiares.

 

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