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CULTURA

MÚSICA: MODOS DE USO

15/07/2016

Con motivo del veinticinco aniversario de la muerte del cantautor uruguayo Eduardo Mateo, a principios de 2015, la Editorial Perro Andaluz reedito Razones locas, paso de Eduardo Mateo por la música uruguaya. Ese libro resulta ser una excelente biografía escrita por Guilherme de Alencar Pinto, el brasilero que más sabe de este artista oculto del Río de La Plata; el errante eterno que se encargó de dilapidar cada uno de sus argumentos para llegar a la fama.

Por Álvaro Guarnaccia

Si hay algo que Eduardo Mateo nunca hizo, aun con la vida encima, fue mirar hacia atrás. De ahí que resulte tan complicado medir la dimensión de su obra, ya sea por su espíritu autodestructivo o, como dijo Jaime Ross “por estar cincuenta años adelantado a su tiempo”. Lo cierto es que su eclecticismo y desvarío mental lo alejaron del pasado y lo fueron situando en los espacios más grises del presente. La dimensión musical en la que se encuentra el arte de Mateo presenta un grado tal de intermitencias que lo hacen muy complicado de rastrear. Sin embargo, tiene un comienzo definido, destellos de genialidad irrepetible y una vida complicada.

La figura irrepetible, que irrumpió en la escena uruguaya de los sesenta, fue colmando su acerbo musical en la experiencia del puerto. Junto al candombe de las murgas del barrio, Mateo se hizo un lugar dentro de los percusionistas más destacados. En ese contexto, alguien le acerca un disco de Joao Gilberto y lo deja estaqueado, la aparición de la bosa nova lo descoloca. Por eso, a mediados de los sesenta, viaja a Brasil a perfeccionar su técnica con la guitarra, era un guitarrista intuitivo que sabía tocar de oído, no contaba con ninguno tipo de formación. Así y todo, el propio Alencar Pinto lo considera como el mejor guitarrista de bossa nova después de Joao Gilberto. Para colmo, en el medio de su estadía en Brasil, aparecen los Beatles y ya nada volverá a ser lo mismo.

Así, ya de regreso en Uruguay, reúne a la tropa y, junto al Negro Rada y Horacio Buscaglia, forman  El Kinto, mítico grupo de finales de los sesenta con el que se encargarían de cambiar para siempre la música al inyectar candombe en los Beatles. En definitiva, esa acción que hoy parece tan sencilla fue obra y arte de Mateo y es considerada una hazaña cultural comparable a la que se llevo adelante en Brasil, cuando la bossa nova incorporo el jazz de vanguardia a la samba tradicional. De este modo, se inaugura el registro de su obra, la cual se compone de retazos en el tiempo, como si la magia de la que era capaz necesitara de un complejo de imponderables que lo situaran en el lugar preciso y el momento exacto.

De ahí que, a comienzos de los setenta, fuera prácticamente arrastrado a Buenos Aires para grabar su primer trabajo solista Mateo solo bien se lame (1972). A fin de que su visita sea lo más placentera posible se acordó pagarle una estadía completa a él y su novia. Aún así, el proceso de grabación se convirtió en algo tortuoso y terminó con Mateo escapando a Montevideo luego de decir que iba a comprar cigarrillos. Carlos Piriz, el técnico de grabación y productor del disco, debió recomponer un rompecabezas a la altura de Mateo donde “el primer día grabó, no sé, tres, cuatro cosas. Al día siguiente descartó esas tres o cuatro cosas. Borramos. Y ese proceso de borrar lo del día anterior y volver a hacer otras cosas corrió durante cuatro o cinco días. Entonces entendí que ese iba a ser el sistema para todo el disco y empecé a guardar el material”. Ese material, guarda el tiempo en una caja que nunca se va a deteriorar, canciones como “Yulelé” o “Quien te viera” eran cruzar la  puerta de entrada al panteón de los grandes del Río de La Plata. Sin embargo, a Mateo no parecía importarle demasiado. Horacio Molina, que además de grabar coros en ese disco compartió algunas noches con el cantante por aquellos días en Buenos Aires, llega a una definición precisa “Mateo no tenía esa cosa de soy artista. Le chupaba un huevo ser artista. Estaba convencido de que no debía transar con nada ni nadie, y que si el precio era cagarse de hambre, se iba a cagar de hambre. Y así fue.”

Años más tarde, a tono con el pulso de la época, toma contacto con las ideas del Guruh Maharaji y se recompone por un momento del consumo de todo lo que le caiga cerca. Son frecuentes los comentarios de amigos que recuerdan la recomendación de vaciar el botiquín del baño de remedios  ante la visita de Mateo. Corren los años setenta y la dictadura uruguaya es una realidad; muchos de sus amigos emigran del país y las posibilidades de dar conciertos se vuelven cada vez mas esquivas. Dentro de este panorama, la música popular comienza a virar hacia un sentido determinado por el grado de compromiso socio político que presentan los artistas. No obstante, este no es el espacio de Mateo, no existe en su música nada más importante que la música misma. Sus canciones no le hablan al pueblo de un futuro abierto lleno de esperanzas, su vida transcurre en medio de una profunda inocencia. Esto no significa que no haya sufrido en carne propia el poder represivo de la época. Era llevado a pasar la noche en la comisaria por cantidades irrisorias de marihuana, la policía lo hostigaba permanentemente. Su estado empieza a ser preocupante; los excesos regresan, poco a poco empieza a ser dejado de lado.

De algún modo, se las arregla para aparecer otra vez y graba, junto a Jorge Trasante, Mateo y Trasante. En ese trabajo, otra gema de la música popular uruguaya, se destaca todo el proceso de experimentación de Mateo con la voz. Bajo la influencia de la música oriental su voz recorre un espectro alucinante de estados contrapuestos, conmueve hasta el dolor en “Canción para renacer”. Ahí está el hombre con las esperanzas intactas, esperando en paz el advenimiento de algo mucho más poderoso que la revolución prometida, la abolición de todo margen, el surgimiento de un estado superior. Es esta la denuncia implícita de alguien que sabe más cuando hace lo suyo y dice: “Cuando bese de nuevo el viento/
a los pastos que están creciendo/ he de ir a cruzar los campos/ y en pos del tiempo que me ha llevado”. Ahora bien, Mateo sigue solo intentando que su música le importe a alguien más que a sus colegas. La poca recepción que tiene el disco lo determina, a esta altura ya es un músico de músicos, un artista que solo es venerado en su propio mundo, al mismo tiempo que sus colegas le escapan por sus constantes pedidos de dinero.

Más allá de intervenciones como invitado en algunos discos de la época, habrá que esperar casi diez años para verlo entrar a un estudio de grabación, hasta la aparición de Cuerpo y Alma en el año `84 no hay nada. No obstante, esto no significa que se halla recluido en algún lugar recóndito de Uruguay, desaparecido. De ningún modo, ha paseado su miseria sin importarle nada, ha caído en la más profunda desesperación al punto de ser frecuente encontrarlo en plena avenida 18 de Julio y escucharle decir  “hola, ¿no me conocés? Soy Eduardo Mateo. Seguramente escuchaste más de una vez un tema mío. No te estoy pidiendo limosna. Te pido que me pagues una parte de mis derechos de autor. Es que... nunca me los pagaron”. Su reaparición se produce en su peor momento personal, viviendo de prestado, comiendo salteado y, sin embargo, no es posible encontrar algo de eso en Cuerpo y Alma. De nuevo, la música es sagrada, nada puede con ella y así como no hay una sola letra de Mateo que hable de la dictadura o el clima político de la época, tampoco hay rastros del sufrimiento personal.

Finalmente, los desarreglos en vida lo llevaron a una muerte prematura, se fue a los cincuenta años víctima de un cáncer fulminante, se encontraba activo y en proceso de recuperación. El día de su entierro, Montevideo amaneció gris bajo la lluvia. Cuando el cortejo llego al panteón de artistas del cementerio local, Urbano Moraes, su compañero en El Kinto, comenzó a cantar “Yulele”, lo siguieron otros. El cielo se abrió de golpe, el sol iluminó ese fragmento, a esa porción de amigos que fueron a despedirlos, algunos aseguran que Mateo andaba por ahí dando vueltas. Saludenló.

 

 

 

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