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VIVE EN CADA COMPAÑERO

27/10/2018

En ese mausoleo del sur donde jueces pistoleros y fiscales sirvientes del poder buscan plata, no van a encontrar nada más que el amor inquebrantable de un Pueblo.
A Néstor tampoco lo van a encontrar, porque no murió.
Porque el que murió peleando, vive en cada compañero.

Por Rubén “Chino” Acosta

¿Cómo no ahogarse en un océano de obviedades en días como el de hoy?
Lo extraño(amos), claro, como no hacerlo si el tipo puso en marcha, en la vida real, todo eso que el Peronismo era en verdad.
Si después de la derrota política, social y cultural que había sido el Menemismo volvíamos a tener la posibilidad desde la política de conseguir las herramientas para que nuestro Pueblo sea un poquito más feliz.
Si la desconfianza de los primeros tiempos había trocado en fascinación merced a las alianzas y a las políticas públicas que empezaban a tejer la red que después se iban a transformar en refugio y que debían terminar siendo la casa grande que nos cobijara a todos.
Cómo no lo voy a extrañar si hizo lo mejor que hace el Peronismo, me (nos) tomó por los hombros, me (nos) miró a los ojos, y se hizo cargo de mis (nuestras) necesidades.
Desde poner un plato de comida arriba de la mesa hasta lograr que un proyecto político me interpelara como militante. 
Después de una noche larga y oscura, con los balazos todavía retumbando en la Estación Avellaneda, esos que le arrancaron la vida a Darío y a Maxi y después de ese despertar estruendoso que fueron las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001.
Aquel 28 de octubre de 2010, salimos desde la explanada de la Casa Rosada acompañando el cortejo que se dirigía al Aeroparque con los compañeros de la UOCRA y luego de andar algunas cuadras, cuando cruzábamos de Carlos Pellegrini a Cerrito por debajo de la autopista Ilia, desde un restaurant que está, o estaba allí, los comensales brindaban con champagne y nos hacían ademanes, mostrándonos su miserable alegría y en ese momento todos los trabajadores de ese restaurante salieron y se pusieron de la vereda de enfrente, formados, respetuosamente y en silencio saludaron al cortejo.
Aún hoy se me eriza la piel ante el recuerdo.
Algunas cuadras después, casi llegando al edificio de la TV Pública, noto que un taxi se adelanta por mi derecha y me cruza el auto adelante, me preparé para una bravuconada y en vez de eso el tipo saco el cartel que se ve en la foto y la flor que sostengo en mi mano derecha: "...estuve en el Pozo de Banfield, por favor llevásela vos, yo no puedo" me dijo...
Nunca antes y nunca después lleve adelante una tarea con tanta enjundia como lo hice con ese encargo.
Llegando a la esquina de Salguero y Costanera me encuentro con un tipo hincado llorando, lo levanto y nos abrazamos y lloramos juntos. Era Julio Piumato.
Llegue a la reja cuanto el avión que se lo llevaba a Santa Cruz empezaba a decolar y deje ahí la flor y el cartel que empezaba a desvanecerse merced a la lluvia.
Sin dormir durante dos días, mojado hasta los huesos, atravesado por un dolor que me hizo entender las lágrimas de mis viejos cuando veían imágenes de los funerales de Evita o de Perón, emprendí el regreso a pie a mi casa.
En ese mausoleo del sur donde jueces pistoleros y fiscales sirvientes del poder buscan plata, no van a encontrar nada más que el amor inquebrantable de un Pueblo.
A Néstor tampoco lo van a encontrar, porque no murió.
Porque el que murió peleando, vive en cada compañero.

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